viernes, 7 de agosto de 2009

Anochece en la carretera

Un sol naranja muere lentamente en el horizonte. Una sombra negra comienza a dominar esta tierra. Yo conduzco. Sergei me dice que Cristina nos espera en su casa. La carretera, sinuosa, nos deja ver a nuestra derecha el mar. Y junto al mar, la ciudad, iluminada, luces amarillas y naranjas que bailan una danza misteriosa con el cielo. De pronto vemos a lo lejos un caza a reacción procedente del inmenso océano. Va dejando una estela luminosa de fuego naranja. Dos líneas paralelas y titubeantes que contundentemente comienzan a dividir el cielo en dos. Entonces yo le digo a Sergei que esa es la señal: comienza la Noche de los Fuegos.


Resuenan los tambores de guerra y las gaitas al compás. Su música termina por fundirse en nuestros tímpanos. No auguran nada bueno, aunque nosotros sabemos que no hemos hecho nada malo por lo que no tenemos nada de qué temer. Sin embargo el miedo nos inunda.


Llegamos a la calle del piso de Cristina, las aceras, los bares,… están llenos de gente. Empieza la fiesta. Sabemos que dentro de poco nosotros también nos fundiremos como dos minúsculas gotas de agua en este inmenso río que es la Historia. Cristina no está en casa. La noche se ilumina.